Esther Vicente/ Catedrática de Derecho
“Desde la Antigüedad hasta el siglo XIX, digamos durante más de veinte largos siglos, el papel de las abogadas fue tan reducido que su recuento cabría en el fondo de un dedal. La abogacía era, sencillamente, oficio de varón, y a toda mujer que osara abogar por sus derechos, o por los derechos de otros, se la tildaba de ‘desvergonzada’. Así de dura era la cosa”.
Así comenzó el doctor Luis Rafael Rivera Rivera, la presentación del libro “Las primeras cien”, publicado por el Colegio de Abogados bajo el liderato de la presidenta Ana Irma Rivera Lassén y editado por Elizabeth Viverito. El propósito del libro es dual: celebrar a las primeras cien mujeres que lograron formar parte del Colegio y significar la diversidad de experiencias de vida de las mujeres y sus aportes a la profesión.
El profesor Rivera Rivera ofreció un recuento de la difícil y larga ruta recorrida por las mujeres para entrar a la profesión de la abogacía. Resaltó el empeño y la vocación de mujeres que insistieron en dejar su huella como abogadas. Así, destacó cómo en la antigua Roma, Amasia, Hortensia y Afrania ejercieron la abogacía ante los tribunales.
Nos contó que Amasia se defendió, “pro se” -diríamos hoy día- de una acusación y logró la absolución, aunque desde entonces se le tildó de ser una “mezcla de hombre y mujer”. Hortensia, por su parte, hija de un político acaudalado, se opuso a un tributo impuesto a las matronas romanas. Trataron de expulsarla del tribunal, pero la multitud la apoyó y así logró la reducción del tributo. Afrania se dedicó a la práctica de la abogacía con tal pasión que los jueces “no podían con ella”. Después los romanos prohibieron a las mujeres defender a otros.
La prohibición romana se incorporó en el Código de las Siete Partidas, de Alfonso X, y llegó a nuestro país por vía del régimen colonial happy wheels español. Se mantuvo por siglos, hasta que en 1917, Herminia Tormes García, hija de una esclava liberta, pasó a ser la primera mujer puertorriqueña admitida a postular en los tribunales de la Isla.
De otra parte, desde 1915, la abogada Clarissa Pritchard de López Acosta, nacida en Nueva York, postulaba ante la Corte de Distrito de Estados Unidos para Puerto Rico, pero, según se comentara durante la presentación del libro, no consta que formara parte del Colegio. Estas dos mujeres fueron precursoras de las miles de abogadas que hoy pueblan los tribunales del país. Desde la primera colegiación de una mujer, en el 1917, hasta la número cien en el 1961, pasaron cuarenta y cuatro años.
A partir de los 70, el ingreso de las mujeres a la abogacía ha seguido un patrón acelerado. Pero, conforme atestiguaron las participantes en un panel celebrado en la asamblea del Colegio, aunque más de la mitad de las estudiantes en las facultades de derecho son mujeres, todavía las abogadas confrontan serios obstáculos para alcanzar trato equitativo a la hora de ejercer la profesión.
Indicaron que las abogadas jóvenes confrontan obstáculos muy parecidos a los enfrentados por abogadas que hoy día cuentan con más de 40 años en la profesión: el techo de cristal, es decir la imposibilidad de acceder a los puestos más altos en bufetes, agencias gubernamentales e instituciones privadas; menor paga por igual trabajo al que realizan los hombres; inquisición sobre sus planes de casamiento o maternidad durante las entrevistas de trabajo y hostigamiento sexual.
Más de veinte siglos de trato discriminatorio y de exclusión refrendados por el Derecho han dejado huellas, prácticas, estructuras de pensamiento y comportamiento, patrones de conducta, visiones, estereotipos y mitos acendrados en la psiquis colectiva. La erradicación de esta cultura discriminatoria y excluyente amerita acciones colectivas e individuales, cotidianas, consecuentes, constantes y en muchas ocasiones subversivas y revolucionarias. El cambio verdadero, la igualdad real y material que necesitamos para alcanzarlo es tarea de todos.
Fuente: El Nuevo Día